14 de marzo de 2014

Historias de basureros: Arte cubano de La Habana a Miami


Tomas Sánchez, Basurero, 1991 
El expolio de la herencia cultural cubana, sus agentes a ambos lados del Estrecho de la Florida, la mercantilización del arte, la prensa, los coleccionistas e instituciones constituyen un gran basurero que contaminan el entorno artístico al romper el metabolismo entre la labor creativa y el medio ambiente.


Historias de basureros
Arte cubano de La Habana a Miami 



Un jarrón de la dinastía Han desvirtuado ya por el millonario disidente Ai Weiwei fue hecho añicos por un pintor miamense en el Pérez Art Museum. La herejía repercutió por todos los medios de comunicación. El destrozo, el museo, su colección y ubicación nos remiten al Basurero, pintura de Tomás Sánchez. San Cristóbal de La Habana con sus edificios destartalados, bahía contaminada y reservas potables infectadas con aguas albañales se ha convertido en un basurero que se extiende por el estrecho de la Florida hasta la Bahía Vizcaya, Miami y su Pérez Art Museum. En una punta, los apparatchiks arrancan obras de sus marcos en el Museo Nacional de Bellas Artes, en la otra, especuladores poco escrupulosos las compran.

Ramón Cernuda, controvertido hombre de negocios, veritatem arbiter de todo lo beaux arts isleño, compra un Eduardo Abela a un “dealer” desconocido pero -¿sin juicio?- no es minucioso al indagar su provenance. El coleccionista y marchante no parece haber estudiado el libro dedicado a la obra del pintor ni consultado a su amigo el experto Ramón Vázquez, ex empleado del principal museo cubano. Su estrategia de relaciones públicas lo saca airoso. No revela a los periodistas la identidad del vendedor. No indica si previo al  pago (¿en efectivo? ¿en cheque?) cumplió con el requisito que a todos impone: asegurarse del historial coleccionista e investigación de propietarios. La prensa no pregunta si con certeza de legitimidad se hizo evidente la conexión institucional. ¿Se adelantó al escándalo que ya estaba por filtrarse? De la fecha de la transacción ¿cuán rápido la reportó? Mientras más declaraciones hace el galerista, mayores las contradicciones. ¿Cómo puede dar una evaluación de $1,5 millones a CNN si la lista del hurto está incompleta? ¿Cómo -dato significativo- compra a un "dealer" que según declara en la propia entrevista tenia lienzos obviamente arrancados de sus marcos? ¿Dio Cernuda el paradero de las obras al FBI y entregó al malhechor? ¿Absorbe la pérdida financiera sólo con la publicidad que genera su movida estratégica y la posibilidad de una visa de entrada al país que le excluye?  ¿Quién hace periodismo serio y   preguntas impertinentes?  

Los iconoclastas holandeses protestantes en el XVII y los nazis con el "arte degenerado",  hicieron basureros con importantes obras de arte. En los fali della vanità que encendieran los  frateschi inspirados por Savonarola perecieron Botticelli, Fra Bartomomeos y  Lorenzo di Credis.  Todavía se recuperan capolavori robados a la comunidad judía durante la Segunda Guerra Mundial. El propio gobierno francés devolvió ayer a las familias afectadas tres pinturas robadas por los nazis. Una fuente confiable revela que anticuarios europeos rapiñando ruinas habaneras (¿basureros urbanos?) pudieron sustraer del país cuadros de John Constable y Millet para venderlos en Europa a precios millonarios.  Un gran opus europeo fuera de catálogo se obsequió en prueba de agradecimiento por una donación en divisa durante el período de remodelaciones del MNBA.

El londinense Art Loss Register se suma ahora a la búsqueda de los cuadros pertenecientes al Museo Nacional de Bellas Artes. La UNESCO publicó una lista de 77 obras aunque se sabe que el hurto sobrepasa  la centena.  Ignora tan respetada institución el caso del Constable, y el expolio sistemático que viene ocurriendo en la isla a partir del Período Especial. Cabe plantearse: los Sanz Carta, Rodríguez Morey,  Chartrands y Escalera que han aparecido y se venden en Estados Unidos ¿cómo se explican? ¿Estaban en el extranjero? ¿Cómo llegaron al Primer Mundo? ¿Quién ofrece en Cuba los permisos de salida a estos tesoros del período colonial? ¿Quién en el Fondo de Bienes Culturales autorizaba la venta en el extranjero de las antigüedades, artesanía, objets d’art y muestras de ebanistería criolla siglo XIX, muchos provenientes de palacetes habaneros?

La época de la barbarie

Los ochenta y  el Período Especial es “la época de la barbarie” afirma Ángeles de Quesada, filóloga casada con un famoso disidente. Llegó a ver lienzos doblados en cuatro y almacenados en gavetas. Nos relata cómo desde las casas entregadas a la nomenclatura, otras tantas que quedaron abandonadas y depauperadas, se cedían obras sensitivas del patrimonio -muchas en deterioro- a los  extranjeros. Se adjudicaban a precios risibles ya que la demanda miamense y europea se ceñía a los artistas vanguardistas. “No tenían conciencia de su importancia histórica. Rompían con su medio sin cuidado ni sentido moral. A veces me pregunto si era afán de dinero o autodestrucción”.   La identidad nacional se forja a través de procesos artísticos interdependientes, interlocutorios con el medio ambiente, la historia y el lenguaje. La reducción y objetivación del arte es una ruptura metabólica entre el hombre y su hábitat biofísico, su tradición histórica y sociocultural.

Con la pintura al óleo, los artistas flamencos como Van Eyck permiten la movilidad y el comercio de obras de arte. El zenit llega en Venecia con los aceites sobre tela. Es una ciudad cuyo clima húmedo se beneficia de este medio pictórico y un puerto marítimo donde la actividad mercantil aprovecha la venta de chef-d'oeuvre y artículos lujosos. Ha de notarse sin embargo que muchas obras de importancia para “La Serenissima” (Cima, Bellini, Veronese, Tiziano, Tintoretto, Giorgione algunos Canalettos y Guardi) nunca abandonaron el territorio ducal. Venecia fue ejemplo de comercio y respeto al patrimonio.

De Quesada fue testigo de la producción en serie de “Floras” de Portocarrero para dignatarios y ministros importantes. Servando Cabrera Moreno obsequiaba muchas de sus pinturas menos controvertidas al engranaje político. “Era parte del protocolo a seguir” dice la filóloga. La mayor parte de esos presentes han pasado por galerías miamenses.  Rafael Bernal, expulsado como Ministro de Cultura, confirma el testimonio:   “Siempre existió su trapicheo y el desvío de recursos …  de toda la vida, pero ahora parece como una estampida. Todos andan como locos agarrando lo que pueden”.  Agrega: “el arte también sirve para lavar dinero. Como están las cosas últimamente, es más seguro tener joyas y cuadros, que dinero, casas o caballos”. El "trapicheo" que bien guarda Rafael Bernal consiste en la venta de objetos y arte que llegaron a la nomenklatura a través de un saqueo sistemático bajo eufemismo: "Recuperación de Bienes del Estado". 

Arte cubano, mercancía

Con la estabilidad y expansión económica de los cubanoamericanos miamenses en los años setenta, el arte de la isla se perfiló como mercancía a explotar. En los comienzos de los ochenta, Forma Gallery (Marta Gutiérrez y Dorita Valdés Fauli), Meeting Point (Carlos Luis), Vanidades y Bacardí (Juan Espinosa) como centros de exhibición abrieron las trincheras  a los primeros coleccionistas. La llegada de los artistas del Mariel y las actividades de CLAAS en el Metropolitan Art Center del Biltmore (depósito de la Colección Cintas y la mal habida Colección Martínez Cañas puesta luego a la venta) cultivaron un estudio serio del género con José Gómez Sicre, también la superficialidad con fiestas y prensa rosa (Selecta bajo Luis Del Asco y El Nuevo Herald con Patricia Duarte). Con el poder social de Dolores Smithies en Sotheby’s, la bonanza miamense, el Museo Cubano y la popularidad de la cubanalia, los precios de la mercancía se dispararon. Cuba exportaba arte a través de agentes en Cancún, México.

En una muy bien pensada estrategia que comenzara en un bazar organizado por el propio Ramón Cernuda, su factótum Carlos Luis y otros parvenus, se comprobó que el arte cubano era un producto codiciado. La subasta en el Museo Cubano en Miami fue una prueba, un “test-run” mercadotécnico sobre las posibilidades del producto y su acogida. Tenía su nicho. El debate que dio al traste con el Museo Cubano enfrentó a la intransigente Fundación Cubanoamericana, empleados como Miñón Medrano y mercenarios muchos, contra el exilio joven progresista. Vino la división a raíz de la venta  -no por decisiones curatoriales- de obras de artistas residentes en la isla. Ramón Cernuda quiso crear un simulacro de Sotheby’s para los nouveaux riches miamenses. ¿Posibles clientes?

Con la intervención de la Colección Cernuda por el fiscal federal Déxter Lehtinen y la ultraderecha, el comercio con el arte cubano pasó a ser considerado intercambio de información. Fue decisión de un juez federal la que liberó el arte del bloqueo económico Helms-Burton.  Las instituciones culturales (museos, universidades, bibliotecas) ya eras prescindibles. El arte como información permitiría que las pinturas se difundieran como mercancía en el mercado libre. La actividad capitalista hace posible el intercambio de derechos propietarios dentro del marco contractual que ocurre en una transacción, así los derechos sobre una pintura.  

Al poco tiempo nació la galería Cernuda Arte. De vendedor de enciclopedias y cursos de inglés, el cubanoasturiano se reinventó como marchand d’art, coleccionista e historiador experto en arte cubano. Ya por esa época Nina Menocal (NinArt de México) se erigía como sacerdotisa de la contemporaneidad cubana con los Volumen I.

Fue la época en que la burguesía, los “politically correct”, los Demócratas miamenses y la Izquierda colgaban Mendives en sus paredes, fumaban puros, tomaban mojitos y bailaban al compás de Buena Vista Social Club. Compraban arte de la isla como certificado de validez intelectual, ideológica y actualidad política. Eran artefactos de consumo para ostentar. A través del mercado, un Manuel Mendive, un Roberto Fabelo, un Kcho eran pruebas de martirologio, stigmatas compradas, ser contracorriente pero parvenu con impecables credenciales de flamantes autos alemanes y Rolex. 

Y cómo se llena un basurero

En el basurero La Habana-Miami, se acumulan las falsificaciones de la Vanguardia cubana hechas en el habanero barrio Santa Fe, los certificados comprados a los así llamados expertos miamenses, las páginas de catálogos donde obras malversadas a legítimos propietarios se "limpiaron" en el extranjero. Allí entre los escombros están los permisos de salida Cuba firmado por funcionarios corruptos, allí están las botellas y los hors d'oeuvres de las fiestas donde los médicos, constructores coleccionistas miamenses se autofestejaban por sus nuevas adquisiciones, todos tenían apellidos compuestos. Allí están las cenizas de todos los puros que se fumaron los diplomáticos que expoliaron el patrimonio cubano. Se ven en el basurero tomasiano los escombros de tantas galerías que abrieron y cerraron, de la feria ArteAmérica y los cabarets donde se vendieron humidores pintados por el convicto Ernesto Milanés, figura clave en un cartel cubano de drogas. Se ven en llamas las propuestas (palabra de moda) de "artistas emergentes", proyectos conceptuales de la Bienal de La Habana, vídeo art de los que traían al antiguo MAC de Ella Fontanals donde se invitaban a los galanes Venevisión. En otra pira arden los catálogos y reseñas a cargo de las curatrices miamenses y los engendros neoyorquinos. Todos son historiadores de arte y curadores. El sustantivo ha perdido todo referente. Se autoseñalan como expertos, curadores y peritos consultores. Saben bailar bien y con gracia caribeña, picaresca, se venden como si casi egresados del Courtauld. 

Guillotinados entre los escombros 

Entre las fogatas que coloca Tomás Sánchez en la distancia vemos arder los cadáveres guillotinados en la Place de la Concorde, “siquitrilla’os” en la Plaza de la Revolución y los tribunales miamenses. Es la hoguera de la vanidad. Allí se queman efigies: el Granma con fotos de los ministros defenestrados, Vivian Mannerud y John Cabañas, agentes de viaje “desagenciados”, Robertico Robaina, ahora pintor colega con los lienzos de Nisnoska Pérez y Luis Posada Carriles, Edmundo García (comentarista cultural) y Max Lesnik sin Réplica ni micrófono. Arden las páginas de Selecta y Ana Remos con fotos de los coleccionistas que fueron directo del cóctel a la cárcel: Carlos Piña, los López-Saldise, Rafael  Corona, Raúl y María Elena Plasencia, Humbertico Hernández, Raúl Masvidal, Remedios Díaz-Oliver, los Recarey, Pradito, Céspedes y otras luminarias. En la ignominiosa fogata del olvido arden los directores y editores del Nuevo Herald y estrellas de la pantalla que del eclipse pasaron a agujeros negros. ¿Quién recuerda a los pobres Liz Balmaseda, Carlos Verdecia, Norma Quintero, Lucy Pereda, Enrique Gratas y Jorge Gestoso? Los “siquitrialla’os” son parte de los despojos de una cultura autodestructiva que entroniza la avaricia, deifica el dinero, fetichiza la mercancía, glorifica el egoísmo y la competencia. Se crea una hagiografía de los poderosos. Su presencia en las invitaciones dan validez a los eventos. Ellos se autolegitiman fotográficamente junto a otros acaudalados o con pedigrí establecido. La industria del arte es cómplice y máscara de estos manejos de poder. Existe una relación simbiótica entre la base económica, el poder desafiante y el espejismo comprado, narcisista, de la prensa, los iconógrafos. Pocos reparan en que el basurero Miami-La Habana es un basurero periférico, los ejes del poder económico, político, mediático y artístico son móviles e inestables. 

Allí, con los fragmentos del jarrón Han nos encontramos las obras prometidas a una subasta recaudatoria cuyos fondos serán dedicados a la defensa legal del miamense irreverente ante Weiwei, chino disidente acaudalado, “darling” de las ferias suizas. Junto a los marcos de las pinturas robadas al museo habanero, veremos las cenizas de El Fénix de Mendive quemado por un iracundo en la subasta del Museo Cubano, los restos de ron y desechos de la fiesta con la orquesta Cortadito en el PAMM “para celebrar a Amelia Peláez”. El museo miamense en una sala de fiestas, apunta Rosa de la Cruz.  Veremos los catálogos Sex in the City, muestra de arte homoerótico cubano organizada por un "darling" de la prensa anticastrista miamense. El comisario, adicto al lente y al micrófono, de paso por Miami sin  haber roto con Cuba,  organiza exhibiciones estilo succès de scandale en aquel país. El pasado 20 de octubre se reunia con una comision de delegados de Harvard en el ISA para conversar sobre su  Sex in the City. Manipula a los medios del exilio enarbolando la palabra “represión”. ¿Por qué la ilustre prensa no pregunta a Pedro/Peter/Piter/Piotr Ortega la razón por la que el lanzamiento del catálogo no se hizo en Acacia sitio de la exhibición? ¿Por qué Roberto Fabelo no abogó –dado su poder y amistad con el comisario que lo incluye en la muestra- para realizar el evento en un foro importante? ¿Por qué Ortega no viajó a La Habana al lanzamiento si en realidad se encuentra de visita?

El basurero y contaminación de los Everglades, cortesía en parte de la familia Fanjul, rapprochés con el gobierno habanero, así como el desastre ecológico cubano emanan de una misma organización socioeconómica y una visión cultural del hombre. De allí parte la concepción contemporánea del trabajo, su productividad, medida de eficiencia y la actividad creativa en relación a su entorno. La expansión económica no cree ni de relaciones hombre-arte ni hombre-medio ambiente. La visión capitalista y feudalista-dependiente toma decisiones a corto plazo tanto en el arte, como en  tierras protegidas o en la utilización de recursos naturales. La ley de retorno marginal por unidad de inversión o costo marginal rige, ciega, toda medida a tomar. Las empresas capitalistas y sus aliados gubernamentales tienen a su disposición agentes de manipulación a la prensa (relaciones públicas) para evitar las preguntas meticulosas, la investigación y las averiguaciones que pudieran colocarles en situaciones embarazosas.

¿Qué relación establecemos entre el arte y el medio ambiente? El arte es parte del "humanscape", el paisaje humano, el cambio cultural que realiza el hombre dentro de su entorno.  El arte se entronca al trabajo como acción social, un diálogo que establece la colectividad con la naturaleza.  El arte, como el trabajo, desarrolla la autoconciencia a través de y mediante la materialidad.  Ambos sirven para hacer el mundo inteligible y para la autorevelación en el mundo. La ruptura de este metabolismo entre el hombre y su ambiente biofísico se nota en el desfase en las actividades catabólicas y anabólicas en nuestra sociedad. Lo que queda es un basurero de obsolescencia programada, especulación con la plusvalía, explotación, concentración de poder político, mediático, económico e institucional, modismos en el arte, materias recalcitrantes (no biodegradables), la trivialización y mercantilización de la creatividad para producir productos de consumo. Los basureros no son más que los desechos pertinaces de una cultura y organización social autoaniquiladoras. 

SE SOLICITAN DATOS, PUNTOS DE VISTAS CONTRASTANTES, 
ACLARACIONES, CORRECCIONES  Y 
MATERIAL INFORMATIVO SOBRE ARTE CUBANO EN LA ISLA Y 
EN ESTADOS UNIDOS 




Publicar un comentario